Entradas

Sobre este espacio

  Apalabrando nace de la necesidad de construir una especie de refugio seguro para los escritos que fueron sucediéndose a lo largo del tiempo. La paradoja es que encontré aquí la ilusión de la permanencia.  Poesía, prosa, relatos y cuentos, o sea, las palabras , fueron retratando momentos y dando contorno a los recuerdos, a la ficción y a la fantasía.   Ojalá puedas alojarte algún rato en este espacio,  descansar en resonancias, encontrar un lugar confortable donde te sientas nombrado, sin que nadie hable de vos.  Te doy la bienvenida.

Autorreferencia Provisoria

Si tuviera que decir de mí, diría... Soy como una producción artesanal una pieza única de un material rudimentario, rico en minerales maleables, dóciles, reductibles. Me amaso con mis propias manos. Regada desde adentro con pura sangre italiana que sabe a destierro, a orfandad, a pobreza pero que también huele a trabajo duro, a voluntad y a esperanza. A los cuatro años jugaba a la maestra y mentía que leía en voz alta sin saber hacerlo aún. Corregía cada página con un "muy bien 10" o un "te felicito", según el aspecto de esa torta fotografiada en el único libro que existía en mi casa y que mi madre cuidaba con celo: "Cocinando con Doña Petrona C. de Gandulfo". Almaceno dos reservorios de palabras, dos paradigmas que pertenecen a universos diferentes. Uno contiene herramientas con las que construyo metáforas desbordantes de sentido, "los versos más bellos"  diría Neruda. También sirven para armar e...

La otra orilla

  Te espero hasta que vuelvas. Como quieras, me dijo por lo bajo al cruzar la puerta. Busqué su mirada mientras estuvimos juntos. Sus ojos esquivos, sólo se detuvieron de a ratos, en ese conejo desvencijado y sucio que le regalé hace tiempo. Había crecido. Sus rasgos ya no eran los de ese niñito que vi por última vez. No recuerdo cuánto tiempo transcurrió desde entonces. Me asfixiaba ahí adentro. Cada rincón, cada objeto de esa casa está poblado de recuerdos. Aquí al menos corre aire fresco. No hay gente a esta hora en las calles. Solía detenerme en este mismo banco, camino a la escuela a esperar a María. Éramos inseparables, andábamos juntas todo el día.   Me inclino hacia un costado y giro un poco, de refilón alcanzo a ver la ochava, ahora pintada de rosa. Abandonar tu casa, tu marido, tu hijito... ¿qué mujer haría lo que vos hiciste?, sólo una puta. Nos da vergüenza que seas nuestra hija.   No vuelvas a llamar. Tac!, retumbó en mi oído. Seguro mi padre estaba a...