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Mostrando las entradas etiquetadas como Cuentos

La otra orilla

  Te espero hasta que vuelvas. Como quieras, me dijo por lo bajo al cruzar la puerta. Busqué su mirada mientras estuvimos juntos. Sus ojos esquivos, sólo se detuvieron de a ratos, en ese conejo desvencijado y sucio que le regalé hace tiempo. Había crecido. Sus rasgos ya no eran los de ese niñito que vi por última vez. No recuerdo cuánto tiempo transcurrió desde entonces. Me asfixiaba ahí adentro. Cada rincón, cada objeto de esa casa está poblado de recuerdos. Aquí al menos corre aire fresco. No hay gente a esta hora en las calles. Solía detenerme en este mismo banco, camino a la escuela a esperar a María. Éramos inseparables, andábamos juntas todo el día.   Me inclino hacia un costado y giro un poco, de refilón alcanzo a ver la ochava, ahora pintada de rosa. Abandonar tu casa, tu marido, tu hijito... ¿qué mujer haría lo que vos hiciste?, sólo una puta. Nos da vergüenza que seas nuestra hija.   No vuelvas a llamar. Tac!, retumbó en mi oído. Seguro mi padre estaba a...

Iracunda

     Una leve vibración erizó mi piel áspera y gris. Sentí animales pequeños y grandes correr sobre mi, entre disparatados aleteos de aves en huida desesperada. Oscuros bancos de peces, en veloz movimiento sincronizado, desordenaron el andar acompasado de las olas y el mar arrojó un aroma penetrante de despedida.       El cielo se cubrió de negrura espesa y bulliciosa. Inquietante. Luego vino el bramido como de bestia herida. Y atormentada.     No se demoraron los movimientos espasmódicos, que de náuseas mudaron lentamente, a incontenibles arcadas. Reconocí esa antigua violencia destructiva, irreversible una vez que se desata.      Y  llegaron  las convulsiones tan temidas.  T odo se puso candente, ardoroso.   Se perforó la cubierta de mi cabeza y las rocas se esparcieron por los aires.      Una oleada de fuego vivo me quemó las entrañas y los gritos de piedras, junto al llanto de lava mu...

Atardecer en el monte

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  Atardecer en el monte       Amalgama de intensos rojos, magníficos y apasionados, caprichosos naranjas y amarillos oscilantes. Acople perfecto que se escurre entre los troncos robustos y emerge como una llamarada incandescente.      En el fondo, casi imperceptibles, las vías del tren y algunas casas junto al Boulevard Centenario.      Las horas se aquietan y observan absortas este acontecer. El cielo se puebla de alas en busca de refugio nocturno. Inmensa tertulia. Encantadora sinfonía de gorjeos irreverentes.      Algunos cortejos fugaces se delatan por el alboroto de plumas esparcidas por el aire. ¿Amarán los pájaros en medio de tanta urgencia?      Todo ocurre en unos pocos segundos, como un parpadeo irregular pero a cámara lenta.      La vehemencia bermeja se desvanece. Las voces se acallan.      Ahora el silencio.

La salida

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  Vagabundea por la explanada, puede estar en varios lugares y en diferentes tiempos a la vez. Si bien le resultó curioso al inicio, ya no. Sabe bien que éste no es su lugar pero desconoce el modo de migrar y el nuevo destino. Siempre supo hacia dónde dirigirse, incluso cuando en Sanlúcar subió a una de esas naves para conquistar estas tierras.  Observa desde la altura el río que, por la anchura y la inquietud de sus aguas, bien podría confundirse con el mar. Los navíos cabecean sin descanso más allá de la playa de toscas, escoltados, pareciera, por un grupo de indios que con maestría admirable dispara flechas encendidas hacia el Fuerte de Buenos Aires. El frío arrecia a medida que avanza el invierno. El sitio lleva incontables días, y noches como esta, iluminadas por grandes fogatas que estos hombres combativos atizan con sus danzas extrañas y ancestrales gritos de guerra.  Al mismo tiempo, está a unos centímetros de don Pedro de Mendoza, que yace enloquecido por el dolo...

Un día cualquiera

Ella se encuentra en la cocina ahora, mal dormida y con una sensación de cansancio mayor a la de anoche antes de acostarse. Juan sintió miedo otra vez, así que durmió en esa cama  demasiado pequeña para alojar el temor del niño y la fatiga de su mamá.  Él como cada mañana prepara el mate y la aguarda con unas tostadas recién hechas sobre la mesada. Afortunadamente la beba no se despertó con el llanto del hermano, le comenta. Ella nunca se sienta, come su tostada mientras anda de una lado al otro de la casa, él la sigue ofreciéndole un mate. Anota las indicaciones para la niñera que no tardará en llegar, se viste sin hacer ruido, se maquilla de memoria, revisan juntos algunos pagos que vencen hoy.  Él la alcanza a su trabajo antes de ir hacia el suyo. Rozan sus mejillas con un beso ligero y accidentalmente sus miradas se cruzan un instante por primera vez.  - “Que tengas un buen día de trabajo.”  - “Vos también.” Ella sale ágilmente del coche y entra al estudio. ...

Somos pobres

Hace una semana la conectaron y mi mamá creyó que sería suficiente mientras despacito va llegando el calor. Durante todo este invierno desde que el gas se fue por las nubes, nos fuimos arreglando como pudimos. Ninguno volvía a la casa con las manos vacías, ramita que encontrábamos en el camino, ramita que alzábamos para hacer fuego a la noche. Cuando mi hermano se apareció con la garrafa de 10 kilos al hombro y se la entregó a mi mamá como regalo de cumpleaños, todos nos emocionamos. Yonatan se prendió de mi pierna y se puso a llorar, la alegría siempre le da hambre. Rocío, la Joana y el Braian, apenas lo vieron venir al Tincho por el pasillo, fueron corriendo a su encuentro. Hacía rato que no se llegaba a visitarnos. Él es el mayor de todos   y es como un padre para nosotros. Mientras trabaja en la calle como trapito, vigila al Pichón y al Sergito cuando venden turrones. Ellos van al semáforo recién cuando salen del comedor después de la escuela. El Tincho dice que la escuel...

Matria

  Alcanzo a oler la hierba, está a unos centímetros debajo de mi nariz. Otros olores se imponen. La pólvora raspa mi garganta cuando respiro. Las aves carroñeras sobrevolaron la aldea formando círculos cada vez de menor tamaño aquel día. Perimol, presagio malo. Señal de lo irremediable.  —Preguntale a Antú, el anciano rey Sol—, me ordenó el lonko antes de la ceremonia. La respuesta vino sin demora. Cuando el viento sopla en cuatro direcciones en corto tiempo, la peor tragedia se avecina.  Esos días del nguillatún, las mujeres y los niños cantaron con mayor fervor. Los hombres danzaron en el círculo con un ímpetu desconocido, como si todos entendieran lo que podría suceder.  ¿Dónde está mi Kultrün? No logro recordar cuándo fue la última vez que lo tuve en mis manos, ahora ocupadas en sujetar la tibieza de mi interior. Los dioses deberían recordar que lo que soy yo no lo elegí. —¡Ngenechén, vos te presentaste en mi sueño cuando todavía no dejaba de ser una niña. Me se...

De cara a los espejos

No habría que colgar espejos en las habitaciones, y menos cuando ya no hay caras bellas que se reflejan en ellos, piensa Eloísa mientras cuidadosamente trata de llegar hasta los vértices más diminutos con ese instrumento inventado por ella, un punzón en desuso envuelto en un trozo de franela vieja. La meticulosidad con la que limpia este espejo pone la propia imagen a su disposición durante un largo rato, pero ella sólo detiene su mirada sobre un pétalo del rincón izquierdo. En él se pueden ver únicamente sus labios y adrede esboza una ligera sonrisa, esa que es idéntica a la de su abuela Josefa.  De todos los que están en la casa, este espejo veneciano del comedor, con sus bellos motivos florales en cristal de roca tallado es el que más le gusta y el que más le cuesta limpiar. “Es una pieza del Siglo XVIII traída directamente desde Murano”- le había oído decir infinidad de veces al señor Arturo a sus invitados, en aquellos tiempos en que la mesa del comedor se llenaba cad...

Detrás de la puerta gris

Juan, María, Lucía…   miren hacia arriba   los vidrios rotos   es por ahí, salgan por ahí Las paredes sucias roídas por el impacto de gritos enmudecidos Las desteñidas escaleras chorreadas de dolor, salpicadas de tormento,   quedan atrapadas, detrás de esta puerta gris jorge, Enzo, Marcos…   nó, NN   los vidrios rotos ahí está la salida. Asciendan, escapen, vuelen!!! …………………………………………………. un   viejo dolor   quieto …herrumbrado… obliga a mirar por   el agujero de la cerradura encadenada mi pecho se descomprime, y asciendo, vuelo, escapo!!!                                 Año 2011